miércoles, 25 de marzo de 2020

LA MALPARIDA, terrible pirata uruguaya

Jack Sparrow, el pirata protagonizado por Johnny Depp queda a la altura de un poroto comparado con la uruguaya Marica Rivero.

Hay quienes sugieren que todo es una ficción, pero la investigación realizada por nuestro colaborador reúne tanta y tan creíble información que resulta difícil de sostener que nada de esto haya ocurrido. ¿Por qué será que mientras los anglosajones se regodean con episodios similares de su historia, nosotros los barremos debajo de la alfombra? Después nos quejamos de que la historia que te enseñan en el Liceo resulta aburrida.
Eso sí, estos no eran los Piratas del Caribe, eran los Piratas del Delta. ¿La principal diferencia? Eran mucho más sanguinarios, a los de Disney y Stevenson se los comìan en el desayuno… pero no tenían buen marketing.


Por Alberto Moroy


La historia de hoy parece un cuento y tal vez lo sea, solo que tiene precisiones tan verosímiles que seguro usted y yo nos quedaremos con dudas. Sucedió allá por 1870 frente a Nueva Palmira (Uruguay), en territorio Argentino. Mas precisamente nos referimos a la Isla de la Paloma, hoy de 540 ha. con forma de corazón, a 4.000 metros del puerto de Nueva Palmira. La protagonista fue Marica Rivero, alias “La Malparida” junto a quien fuera su marido, el “Correntino Malo”.


Gracias a una investigación en genealogia realizada por el autor de esta nota, podemos casi afirmar que “La Malparida” era uruguaya, condición de pertenencia que solo nos sirve para “alimentar” extrañamente nuestro ego. Si algunos de los varios relatores de esta historia lo sabían, lo ocultaron, aunque lo más probable es que sea una novedad. Por otra parte lo lejano de esos pagos en relación a poblados argentinos es hoy notable; para esa época deberíamos suponer que gran parte de este bandidaje era uruguayo, ya que en la Banda Oriental habia bastantes pueblos y poblados en las cercanías.


En genealogía


En la genealogía figuran dos mujeres con este nombre y apellido. Una nacida en Córdoba (Argentina) que por su edad (59 años a esa fecha) difícilmente anduviese pirateando por el delta argentino. Otra que tuvo una hija llamada Rosa Ramona Rivero, el 29 de septiembre de 1861 en la iglesia “Nuestra Señora de los Remedios”, en Nueva Palmira, Colonia, Uruguay.


Resulta obvio, como podrán ver abajo en la foto, que para la ultima esta zona era “la vereda de enfrente de su casa.” La isla “La Paloma”, dista apenas a cuatro mil metros de puerto de Nueva Palmira, cruzando el río Uruguay. Se puede asumir que pudo haber tenido a su hija cuando tendría alrededor de los 20 años o menos. Para el momento de los hechos (1874) tendría 33 años o parecido. Solo faltaría mirar las partidas de bautismo que estan en la iglesia, para saber si era morena como cuentan lo relatos de la época. Como dato no determinante, la hija lleva el apellido de la madre, condición que por lo general implica padre ausente por lo que fuere. Otros relatos sobre el mismo tema, describen saqueos y demás en la región de Nueva Palmira. Unos años antes, esa zona (en ambas orillas del Rio Uruguay), era un rejunte de gente de avería, debido a la Guerra Grande, a las revueltas en Entre Rios y Corrientes, al contrabando, a los bloqueos extranjeros en elrío Paraná, etc.


El porqué de algunos nombres de rios y arroyos


El río Carabelas, es aquél por donde las primeras de ellas navegaron y Baradero, antiquísimo puerto donde varaban para descargar mercadería de España. El arroyo La Paciencia fue el lugar donde Lavalleja esperó cruzar con los Treinta y Tres Orientales. (*) El arroyo Las Ánimas, un sitio de ajusticiados por revolucionarios en el Uruguay, casi enfrente de La concordia (ROU)


(*) Isla grande frente a La Paloma


El arroyo Las Cruces (¿cementerio?), el La Horca, ¡Hum! El Cuzco trvurtfs a un individuo integrante de la pandilla de Marica Rivero, el Correntino al marido de Marica. Tanto en La Paciencia como en la isla La Paloma se encontrarían numerosos restos humanos y frente a la horqueta La Tigra, algunos pecios o cascos de barcos embicados tras asaltarlos. Se agregan los relatos de los viejos pescadores que trasmiten lo que escucharon de sus padres. Y todo esto, junto con los de Lobodón Garra y Roberto Vilmaux, dan testimonio de la existencia de los piratas del Delta.


La hija de Marica Rivero

Nombre Rosa Ramona Rivero
Sexo Female
Fecha de bautismo 29 Sep 1861 
Lugar de bautismo Nuestra Señora de las Remedios, Nueva Palmira, Colonia, Uruguay 
Nombre de la madre Marica Rivero 

Cita del registro
“Uruguay, bautismos, 1750-1900,” database, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/ 1:1:FL91-G7H : accessed 19 August 2015), Marica Rivero in entry for Rosa Ramona Rivero, 30 Aug 1861; citing Nuestra Señora de los Remedios, Nueva Palmira, Colonia, Uruguay; FHL microfilm 625,457


Poco a poco, fueron recalando en La isla Paloma los sujetos más peligrosos, inescrupulosos y corajudos de la región de los mil ríos. Venían de todas partes, incluso del Ibicuy. Así Domingo Albornoz, al que llamaban El Grullo: un demente que mataba por matar, hasta a las criaturas. O aquel montenegrino que ya había sido pirata en el Egeo, y que padecía de tal estrabismo que “cuando degollaba un cristiano miraba pal horizonte”, como si no pudiera soportar el espanto o lo asustara la sangre. Según se dice, a este personaje debe su nombre el Arroyo del Bizcocho. Marica Rivero hizo de la isla su cuartel general: fortificado y hasta artillado con un viejo cañón de bronce, ganado gracias a cierto golpe de suerte tras desarbolar una zumaca. Las crónicas de la época adjudican a Los Lobizones la faena de numerosos abordajes, rapiñas, violaciones, hundimientos y degüellos. Aunque… nunca hubo sobrevivientes que pudieran circunstanciar los implacables detalles de semejantes proezas.

Por fin, el 10 de diciembre de 1874, el gobierno de Entre Ríos designó una flotilla de veleros polacras, garandumbas y pataches para patrullar las olas del Paraná Bravo, entonces frecuentemente encrespadas como para reafirmar, con empecinada reciedumbre, la propiedad de su apodo. La nave de mayor envergadura de esta modesta fuerza de policía era el vapor Resguardoque en consecuencia fungía de capitana. Recién llegada de los astilleros Cammell, en Birkenhead, era gentileza de la Armada Nacional. Llevaba a bordo a un batallón de Guardias Provinciales, y estaba a cargo de Ernesto Beccari, joven y osado guardiamarina. Su ambición e inexperiencia aconsejaron al bisoño oficial tomar el toro por las astas.

Decidió así estacionar sus naves frente a la mismísima Isla de la Paloma, a la que se arrimó en completo silencio y de madrugada. Al rayar el alba, antes de que nadie despertara enfrente, propinó una descarga de metralla que hundió sin más las chalupas, jangadas y canoas de los piratas. Para evitar que cargaran y apuntaran su cañoncito, despachó otro envío que, además de inutilizar la pieza de artillería, pulverizó el caserío donde .puso estrecho bloqueo a la guarida de La Malparida.

El infatuado Beccari se sintió potente, y por tanto seguro. Dispersos los temidos Lobizones, obligados a buscar refugio en el monte, y privados del auxilio de su indigente marina, no tenían a su parecer más que dos opciones: rendirse, o ganar tierra firme, donde las fieras, el hambre y las fiebres pronto darían buena cuenta de ellos. Sin embargo, Beccari no pudo permanecer ante La Paloma más de seis horas. En ese momento, la tempestad que amagaba desde hacía rato rompió sobre la costa y el río. Enseguida fue la noche, atigrada por los relámpagos. – “Esa chusma puede aprovechar la oscuridad y la tormenta para intentar un golpe de mano”, advirtió el contramaestre a Beccari. Pero éste encogió sus entorchados. ¡Desde el inapelable escarmiento del Armstrong de seis pulgadas los forajidos no habían vuelto a asomar el pelo!

¿El destino… la mano de Dios… la cola del Diablo? –contra toda previsión, contra todo cálculo, la Rivero logró finalmente eludir la celosa vigilancia de los uniformados. Cuando apareció doblando el cabo con el imprevisto Tuguy que, estratégicamente oculto entre los juncales del otro lado de la isla, había sobrevivido a la andanada del guardiamarina, nadie lo advirtió.

Según relató más tarde Beccari a un periódico capitalino, lo primero que logró ver, que lograron ver, fue a Marica: enarbolada en la proa del Tuguy, aprovechó un relámpago para alzar con rapidez su pollera, “dejando a la luz sus partes pudendas”, mientras zangoloteaba las vastas caderas, con movimientos de ineludible apelación erótica. Tripulación y tropa del Resguardo fueron de pronto una erupción de testosterona: fascinados por esta breve visión, que enseguida arrebató la sombra y el aguacero, los hombres se agolparon contra la borda, esperando e impetrando la piedad de otro relámpago, que les permitiera repetir la singular experiencia.

Beccari recorrió sus filas, enloquecido, sacudiendo brazos, aplicando bofetones y patadas, mientras tronaba: – ¡A las armas, hideputas! Los marinos, los soldados, inmóviles como troncos, ni siquiera parecían reparar en él. Los consecutivos relámpagos ayudaban, alumbrando la intensa entrepierna de La Malparida. El guardiamarina extrajo su revólver, efectuó un disparo al aire. Entonces fue el golpe: seco estallido de maderas, herrajes y espuma… la cubierta del Resguardo a 45 grados… Ernesto Beccari cayó, confundido con sus hombres, los tripulantes, barriles de pólvora, petacas de metralla. La proa del Tuguy había embestido el flanco enemigo, abriéndole un importante rumbo. Antes de que nadie en el agredido buque atinara a nada, una hábil maniobra del Correntino Malo, a cargo del timón, puso a los contendientes borda contra borda. – ¡Prepárense a resistir el abordaje!

Gritó alguien en lugar del guardiamarina, que había enmudecido. Los piratas no tenían más que saltar, sin necesidad de lazos o garfios: el escorado vapor estaba a menos de medio metro del Tuguy 

Las autoridades nacionales estuvieron de acuerdo: se aseguraron de que, en efecto, el guardiamarina no tuviera oportunidad de renovar las lesiones de su pundonor. Le quitaron el mando de la flotilla, destinándolo a Villa Libertad. Un experimento de colonia en la lejana frontera norte, a orillas del arroyo Mocoretá. La pérdida de La Paloma, rápidamente ocupada por los representantes entrerrianos de la Ley y el Orden, no empalideció a Marica y sus piratas. Acantonados en algún nuevo reducto, tal vez Paraná arriba.

De hecho, el número de Lobizones aumentó sensiblemente, y al Tuguy se sumaron tres o cuatro barquichuelos, que compensaban su inopia con la extraordinaria agilidad de maniobra que les confería la liviandad de sus cascos, la carencia de castillete y sus velas de junco entretejido. La banda de la Rivero, así acrecida e incluso vigorizada, llevó sus correrías mucho más al sur que nunca antes: según dicen, llegó a merodear Martín García.

Esta situación obligó al gobierno de Buenos Aires a tomar en serio la amenaza. Debía prestar atención a aquellas islas abandonadas por la Providencia, para evitar que el mal atacara a aquellas otras, a quienes, en cambio, tutelaba con agrado. Buscó así la fácil alianza de Entre Ríos. Los representantes de ambos gobiernos convinieron en que el daño al tráfico fluvial se había tornado demasiado significativo. Negociaron, pues, la sangre derramada. En otro verano, el de 1880, organizaron un operativo militar conjunto. Esta vez las acciones estuvieron a cargo de un porteño: el subteniente Sixto Ferrari, oficial de formación prusiana casi tan feroz como los criminales a los que pretendía dar caza.

Seis años antes, había alcanzado infausta distinción en la represión del alzamiento jordanista. Escaramuzas, refriegas, tiroteos, degollinas, quemazones y naufragios se extendieron por cuatro años. Si bien la peor parte la llevaron “los mal entretenidos”, la faena no resultó tan sencilla para los gubernamentales como en un principio se habían prometido. Pero cuando Marica Rivero, El Correntino Malo y cinco de sus hombres fueron finalmente capturados, no quedaba en el Delta más banda activa que la suya.

Fue en cercanías de la isla Villegas, y mediante celada o traición. Sorprendido a bordo de una frágil canoa, quizá en el transcurso de una misión de pispeo, el pelotón pirata procuró internarse en el arroyo Meones. Sus desesperados esfuerzos resultaron vanos. Al zozobrar el esquife, acribillado por un anacrónico falconete, la totalidad de sus ocupantes terminó capturada con una red de malla estrecha. Se supuso que el Tuguy no andaría lejos, sobre todo porque su calado no le permitía remontar el arroyo, que apenas un par de kilómetros más adelante se estrechaba para formar el Meones Chicos. Pero nadie quiso arriesgarse a ir en su busca. Los siete prisioneros fueron luego transportados río abajo en una enjuta falúa, bajo la custodia de Ferrari y diez de sus hombres más aguerridos.

Al dejar atrás la boca del arroyo Caracoles, frente a lo que hoy conocemos como Bajos del Temor, el teniente ordenó fondear. Había decidido librarse de su molesta carga. Los derrotados piratas fueron sacados de la bodega, desembarcados en algún punto entre el Caracoles y el Chaná, y estaqueados en la playa, muy cerca de la línea del agua. Allí estaban, junto a Marica y al Correntino, Claudio Rizzo, el alemán Grimbau, uno de apelativo Surubí, Manuelel Tigrero, y Francisco Romero alias Chafalote Sixto Ferrari no se quedó para ver cómo subía la pleamar. Sabía que esa escoria moriría miserablemente ahogada, no sin antes ser atacada por las pinzas de aquellos cangrejos del Delta, pequeños y oscuros y siempre hambrientos, que pululaban en el barro, depredando la carroña arrojada por las olas, o carcomiendo las patas del infeliz bicherío que quedaba atrapado en los tembladerales.


El País Viajes del 24 de Marzo de 2020

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